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la mitificación de la realidad (I)

 

“El núcleo de la realidad es el sentido. Lo que no tiene sentido no es real para nosotros. Cada fragmento de la realidad vive gracias a que no posee su porción en algún sentido universal. Las antiguas cosmogonías lo expresaban con el sentencia “en el principio era la palabra”. Lo innombrado no existe para nosotros. Dar nombre a algo significa incluirlo en algún sentido universal. La palabra mosaico, separada, es una creación tardía, es ya resultado de la técnica. La palabra primaria era un deambular, girar alrededor del mundo, era una gran unidad universal. En su significado corriente y actual es sólo un fragmento, un rudimento de una remota, omnipresente e integral mitología. Por eso existe esa tendencia a recrearse, a completarse en un sentido total. La vida de la palabra es como el descuartizado cuerpo de la serpiente legendaria cuyos trozos se buscan en la oscuridad; ella se tensa, se estira hacia mil combinaciones.

Ese milésimo e integral organismo ha sido desgarrado en vocablos sueltos, en morfemas, en el habla popular, y en esa nueva forma, utilizado para las necesidades de la práctica, vino hacia nosotros ya como órgano de comunicación. La vida de la palabra, su desarrollo, ha sido dirigido a vías nuevas, vías de práctica vital, sometidas a otras reglas. Mas, cuando de algún modo, los requerimientos de la práctica aflojan sus rigores, cuando la palabra, liberada de esa prisión, se abandona a sí misma, vuelve a sus propias leyes, entonces ocurre en ella una regresión, una corriente retro; la palabra se acerca a sus antiguas conexiones, tiende a completarse en un sentido, y esa atracción hacia la madriguera, la añoranza del regreso, de la prepatria de la palabra, la llamamos poesía.”

Bruno Schulz. “La mitificación de la realidad” (I)

 

el libro idólatra
“El libro idólatra, I” Bruno Schulz. Museo Nacional de Cracovia
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menú

Un barniz amarillento, extremadamente pegajoso, opaca el color original de una cocina.
El cocinero está rascándose la cabeza mientras contempla la sartén. Afuera se escuchan las voces de los comensales en lo que podría muy bien ser un corral de gallinas sin plumas. El maître irrumpe en la cocina y la puerta golpea al cocinero desprevenido.

– Llego tarde, pero veo que te has puesto manos a la obra sin mi dirección. ¿Cuál es entonces el plato del día si puede saberse? ¿Qué tienes en esa sartén?

– Estoy friendo mis higadillos, maître.

 

Madrid, 2006 ( Diarios de Julieta y Augustina)

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kundalini

Las raíces de sus huesos prenden en la madera de un tercer piso, y descienden perforando techos y suelos en completo silencio. Vestida de alquitrán la Tierra las recibe en su lecho, allí donde duermen las piedras y se enrosca la Serpiente. En la penumbra sus cuerpos resplandecen. Hálito blanco en una oscuridad de neones cuyos gritos van desoyendo, lentamente.

Enmudecen las ambulancias. Se detienen los trenes. Los peatones se cobijan bajo las marquesinas de las paradas de autobús. La incansable ciudad se postra, inmóvil, ante la Serpiente. Reptando entre sus columnas asciende hacia la Nada, en el Centro.

Respiran.

El mundo brota en infinitos caminos de sangre nueva. Se recrea. Son gatos, son vacas, son palomas, son ranas, son perros. Sosteniéndose. Ahí. Dúctiles sus cuerpos dibujan figuras en la penumbra. Como camellos en un desierto sin nombres, su caravana avanza. El presente mana de sus entrañas abiertas, fluye, libre mente se desborda.

Luego caen hacia el fondo suave de unas mantas blancas con que ella les arropa.

Despiertan. Cantan.

El aroma del té les envuelve mientras, sorbo a sorbo, retornan a sus identidades. En una pequeña habitación se visten de nuevo con sus vidas. Bajan por las escaleras, abren la puerta del portal.

 

Para Paz Castro.

Madrid, febrero de 2007.

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el ataque

 

Aquel día hubo un ataque de expresión general. Cada cual despertó a su manera, pero fue como si el sueño hubiese vencido en las trincheras del alba.

No se trataba de ninguna convocatoria masiva a través de la red. Ningún medio de comunicación tuvo tampoco noticia de lo que iba a acontecer. Quienes por su profesión se dedicaban a elaborar y difundir la actualidad fueron, por el contrario, los únicos que permanecieron cumpliendo con su deber y no tomaron parte en los hechos que aquel día acontecieron. Las radios seguían emitiendo en las ondas. En las pantallas de las televisiones desfilaban como de costumbre imágenes y presentadores. Los titulares digitales se sucedían y descartaban con la velocidad habitual. Si algún espectador hubiese tenido que prestar juramento no habría faltado a la verdad asegurando que la realidad se mantenía en los confines de su apariencia. Pero lo cierto, lo realmente cierto, es que todo estaba a punto de transformarse. De la noche a la mañana. Y fue por una simple cuestión de límites.

A vista de satélite una miríada de luces se esparcía a lo ancho de una geografía intercambiable. Sólo los océanos y pequeños islotes de color verde contenían la respiración del mundo, entrecortada de días y noches muy parecidos entre si, cada vez más parecidos entre si. Y eso, precisamente, fue el detonante de la expresión general. Aquella mañana fue como si el exceso de iluminación hubiese velado la película que cada día transcurría ante sus ojos. Se olvidaron de todos los elementos con los que habían construido sus vidas para protegerse de algo que, tras el ataque, ya no alcanzaban a recordar.

Madrid, febrero 2007.

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invierno

A estas alturas del invierno solo cabe aceptar el peso lento del corazón. Abrazar lo escaso, lo irremediable. En lo alto de la veleta de la iglesia de Saint-Laurent el gallo duerme en su aguja de hierro. Sueña con amaneceres de isla y azul egeo, las montañas de Anatolia. Imperceptibles ondulaciones de recuerdos veraniegos que vibran en mi ojo interno más nítidos que el río resignado de los coches que descienden de la Gare de l’Est antes de perderse en descreídas trayectorias.

En esa otra fatalidad serena me gusta intuir un anticipo de la vejez, el entrenamiento a su progresiva desnudez. La observación del acabamiento de las formas, de los acontecimientos y repeticiones que tuvieron su razón de ser y ardieron en el esplendor efímero del sentido cumplido; todos esos matices que sólo se comprenden después, que acaso ni siquiera sean ciertos sino meras conjeturas o interesadas interpretaciones de la memoria de cada uno. Quién sabe. Todavía no soy vieja.

El día de Navidad observaba al tío E. paseándose por la mesa con un pie al borde de la tumba, obligado a guardar silencio por las secuelas del ictus que le impide acceder a la zona del cerebro donde antes guardaba las palabras. Los demás bailábamos como siempre, confundidos en un revuelo de melancolía achampanada, gozando del rito anual, esa repetición de gestos y códigos absurdos y cómicos que caracterizan a nuestro clan. Hubo un instante en que miré al tío E. O más bien sentí como él nos miraba desde sus ojos azules, apostado en un rompeolas de resignación, sabiéndose a punto de lanzarse a lo desconocido. En sus pupilas lejanas atisbé un principio de sorpresa, no sabría cómo explicarlo pero en su expresión había también un acatamiento suave, grato, apacible.

La belleza de los inviernos es compleja. Me gusta empezar a apreciarla.

Diario, 4 de enero 2009

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sweet jeunesse

Hoy

Me teñiría el pelo color de incendio
saldría a la calle para hacer sonar todos los timbres
y molestar a los vecinos
decirles

algo se está cociendo
en la gran marmita
de nuestra renuncia
opulenta.

(Madrid, 2004) Archivos

 

elisabyn
Foto de Adam Colyer. Barcelona 2004.

Sequía

Andar por calles que limpian máquinas
Respirar un aire incrédulo
Mirar sin ver
Caminar con miedo en los bolsillos

Pedir una comida automática
Ver pasar los coches
Recibir llamadas para decir siempre lo mismo:

que estoy bien

que hace  buen tiempo,

que sigo en la oficina

que no buscaré
más allá de las cuatro esquinas

trabajo, dinero, techo, comida.

 

Madrid, 2004 . Archivos

 

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yo + el hombrecito (I)

 

Parece un piel roja. Tiene el ceño fruncido. Duerme con una concentración asombrosa. En la coronilla se le ha formado un remolino de pelos negros y tiesos como los de un erizo. Se parece bastante a un erizo, recién salido de la madriguera, suave y amenazante.

Recuerdo su primera mirada. Penetrante, extrañamente familiar, inquisitiva, opaca como una estrella recién borrada del cielo, amanecida a horas intempestivas en un improbable lugar cualquiera. Una mezcla de rabia y sorpresa.

La víspera soñé con una lluvia de meteoritos. Los veía caer sobre las calles de París, desde la ventana, con una sensación de calma y aceptación. Ardían brevemente en la noche, junto a las aceras, luego unas manos desconocidas los recogían y desaparecían en secuencias que se repetían y difuminaban sin dejar el menor rastro; en la oscuridad no quedaba ni la más mínima brasa.

De pronto sentía una presencia a mi espalda. Un joven muy alto me miraba con socarrona simpatía. Nonchalant. Hablábamos sin gestos ni palabras; discutíamos más bien, sin acritud, pero al menos por mi parte con empecinamiento. Tenía la rotunda determinación de sacarlo de mi casa. El sonreía burlonamente, consciente de su altura y de su tamaño, de su corpulencia. Si quería sacarlo de allí era cosa mía, él no pensaba moverse de donde estaba (junto a la mesa del comedor), de modo que se libraba a una especie de resistencia pasiva. Yo le ponía las manos en el pecho y empujaba con todas mis fuerzas, forcejeaba durante mucho tiempo, un tiempo imposible de clasificar en ninguna categoría onírica, oscuro, viscoso y a la vez pedregoso, indeciblemente solitario.

Poco a poco conseguía hacerlo retroceder hasta la cocina. Las articulaciones de mis huesos parecían a punto de estallar por el esfuerzo sostenido y delirante de arrastrarlo centímetro a centímetro por el viejo parquet de la cocina en cuyas hendiduras descansaban pedacitos de migas secas que los ratones gustaban de almacenar en sus escondrijos tras sus correrías nocturnas. De la escalera llegaban las voces ahogadas de la normalidad en el vecindario; nada que pudiera hacerme sentir acompañada, mucho menos comprendida o alentada en el titánico esfuerzo de librarme de aquel individuo.

Me lo había buscado yo solita. Sabía que por más que intentase hacerme oír y entender, aquella encerrona me estaba destinada del modo más endiabladamente particular que cabría imaginar, a la exacta medida de mi estupidez y cabezonería.

 

Fragmento, abril 2018.

 

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“Self portrait”, Louise Bourgeois 1994
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Vac, la Palabra

“En el séptimo día de la quincena clara de marzo se reunían en el lugar en el que la Sarasvati se mezcla con la arena del desierto. Partían hacia un rito que consistía en un viaje del que quizás no se volvía, del que algunos no querían volver. Avanzaban hacia el Este, contra la corriente de la Sarasvati, porque el cielo está a contracorriente. Querían llegar nada menos que al “mundo luminoso”, el svargaloka, el cielo que un día los dioses también habían conquistado. Esa luz se abría en un lugar llamado Plaksa Prasravana, allí donde la Sarasvati descendía desde su curso celeste, poblado de estanques y ensenadas.

Antes de encaminarse se encomendaban a Vac, la Palabra, porque “Sarasvati es la Palabra y la Palabra es la senda de los dioses”. Remontando el curso del río remontarían el curso de la Palabra, hasta donde ella vibra. “Van hasta donde el Plaksa Prasravana; el último límite de la Palabra, allí donde está el mundo luminoso”.

Así se decían: “El único camino para alcanzar el mundo luminoso es la Palabra, Vac. Vac es Sarasvati, este río que fluye y que, en nuestro mundo, se llena de arena y se pierde. Partiendo de este punto, de esta arena de nuestro mundo, debemos remontar la corriente. Es una labor larga y dura, que va contra el curso de las cosas, que solo saben descender. La Palabra, y estas aguas, son nuestra única ayuda. Seguiremos la Palabra para poder abandonarla. Un palmo más al Norte de Plaksa Prasravana la Palabra ya no existe. Solo queda una cosa que brilla. El centro del mundo.”

 

“Ka”, Roberto Calasso.

Notas, 2018.

 

 

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“Tormenta en la Nieve. Barco en la Boca del Puerto”, 1842. William Turner

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sábado insurreccional

París amanece gris y amarillo. Ayer el viento de Noviembre desalojó las últimas hojas de las acacias; una húmeda alfombra cubre los bulevares, los árboles se deslizan a un sueño negro, frío, silencioso.

Hoy los escaparates miran hacia dentro (deseos retraídos hasta el lunes por la mañana por decreto de la Prefectura). Pueden esperar los abetos de Navidad. Han desaparecido multitud de contenedores y vallas metálicas, durante la jornada de ayer los operadores de la normalidad se afanaron en guardar los muebles urbanos para salvarlos de las barricadas.

Por las pantallas se suceden conjeturas, opiniones encontradas, una molesta indefinición. Dónde y cómo posicionarse entre lo legítimo y la violencia, la injusticia y la obcecación, el desbordamiento comprensible y la contención pertinente. Unirse a la manifestación por el clima de la Place de la Nation o a las reinvidicaciones de la clase media asfixiada en la Place de la Bastille. El coche como enemigo público o como instrumento indispensable.

Lo paradójico es que este sábado se despereza sin motores. Hasta puede oírse el graznido de las gaviotas revoloteando entre las ondas de la radio saturadas de expectación (millones de dedos y ratones observando el desarrollo del Acto IV). En los pocos cafés abiertos los corresponsales extranjeros esperan su ración revolucionaria con el croissant y el café crème.

De las bocas de metro brotan algunos comerciantes decididos a mantener el tipo y no dejarse arrebatar uno de los sábados más rentables del año. Levantan las persianas metálicas y cuelgan chalecos amarillos en los escaparates. Por las aceras circulan los primeros turistas con una expresión a caballo entre el fastidio y la aprensión, madres y padres empujando carritos con niños deseosos de tomar el aire.

La mañana se va aposentando entre las breves barricadas. Llovizna sobre las fogatas. De vez en cuando se abren claros de pálido azul entre los nubarrones de una colère dispersa, errática, desorganizada, cuyo poder de ignición va disminuyendo ante la magnitud de las fuerzas represivas desplegadas en las avenidas y los bulevares.

Pese a todo la gente se resiste a quedarse en casa. Se multiplican los paseos de curiosos dando la vuelta a la manzana con una mezcla de prudencia y aprensión; observan de reojo las escenas de chalecos amarillos meando a las puertas del Carrefour, comiendo bocadillos en los parques. Un grupo de jóvenes hípsters hace cola frente a una hamburguesería vegana, el único establecimiento abierto del Boulevard Voltaire, todos los demás están cerrados y parapetados con gruesas tablas de madera.

El día sigue desfilando por los rieles del déjà vu:  invasión de cámaras, periodistas agazapados en las esquinas, estudiantes excitados, manifestantes erráticos, cabecillas improvisando estrategias ante la presencia masiva de los antidisturbios, fotografías en movimiento, gritos exasperados, consignas variopintas, a veces contradictorias. Las sirenas azules transportan centenares de detenidos a las comisarías repletas. La tarde insurreccional resiste penosamente a la evidencia numérica.

A las 4 de la tarde en Place de la Nation arranca la manifestación por el clima. A la salida del metro se reparten consignas de no violencia: mantener en todo momento la calma, no responder en ningún caso a insultos ni provocaciones. La marcha avanza absorbiendo la tensión,  trazando paso a paso un línea diagonal por encima de dialécticas simplistas; al menos por unos instantes la dimensión de lo posible rasga el tejido de convenciones y falsedades que mantiene tenazmente secuestrada a la opinión pública. La inteligencia respira.

Tras el breve atardecer los chalecos reflectantes empiezan a dispersarse por las esquinas y las bocas del metro. En la Plaza de la República se oyen los últimos silbidos, las últimas cargas de pelotas y gases lacrimógenos. Suspendido en el aire negro, un helicóptero graba la escena iluminada con dos potentísimos focos.

Sobre las 8 de la tarde algunos bares se animan a abrir. El tráfico se restablece.

En el Palacio del Elíseo se sigue analizando la situación. Aconsejado por los expertos en comunicación el presidente prepara la alocución del lunes. Baraja la posibilidad de decretar otra paga extra navideña para aumentar el poder adquisitivo.

Pese a los fuegos digitales los reptiles de la Historia son perezosos. No se moverán hasta que no hayan ardido los últimos fósiles.

 

8 de diciembre, Oberkampf.

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desembarcados

Hay señales. La llegada de las gaviotas al Sena, por ejemplo. En las semanas de vendavales llegan por millares y el aire se llena de graznidos rojos. Vuelan bajo, zigzagueando sobre las cabezas de los ciclistas amedrentados que se atreven a cruzar los puentes; se lanzan a picotear los despojos y cadáveres de animales los días de crecida, entrechocándose unas con otras como si el hambre las privara del sentido colectivo, desordenadas, rabiosas. Acechan los desperdicios de las aceras, sobrevuelan las azoteas en busca de las azarosas frutas y verduras que consiguen madurar en los huertos urbanos, embisten las pilas de cajas vacías en las explanadas los días de mercado, antes de que lleguen los servicios de limpieza. Hasta las palomas las observan atemorizadas. De vez en cuando se posan en las ramas de las acacias y defecan sobre los ancianos y los refugiados. Los niños no se atreven a perseguirlas como hacen con las palomas. Las miran con aprensiva admiración debajo de los toboganes, espantándolas con palos cuando se acercan a las cajas de veneno para las ratas.

Invaden la ciudad por unos días y luego desaparecen sin más, como si un remoto sentido de la orientación les señalara otro rumbo, acaso los humedales de la llanura central. Días después aparecen los contingentes de desembarcados.

Llegan en autobuses que se deslizan en una compacta fila india precedida por los jeeps de la policía militar costera; avanzan por la autopista hasta desperdigarse por las salidas de la carretera de circunvalación camino a los centros de acogida de distrito. Visten una especie de uniforme obligatorio que les entregan en los refugios de la costa; camisas y pantalones anchos grises y jerseys de color caqui con una pequeña cruz roja cosida en la manga derecha. Algunas mujeres llevan vestidos de manga larga de forma acampanada, otras los mismos pantalones que los hombres atados a la cintura con cintas elásticas, los cinturones están prohibidos. A todos los niños les ponen unas prendas impermeables de color blanco como si fueran champiñones recién crecidos en la arena de la playa.

Bajan de los autobuses en silencio, el rostro cansado, manso a fuerza de espera e indefinición, confundidos en una suma de cuerpos que han dejado atrás sus antiguas identidades. Se abren lentamente paso en la resignación, camino a un pasillo interminable de expedientes y dormitorios comunes. Cuando se llenan los centros de acogida los trasladan a los gimnasios. Dejan que las familias permanezcan juntas, al resto los separan por sexos. No tardan en formular las listas para entregárselas a los comités de acogida. Y poco a poco van saliendo, acompañados de las familias, repartiéndose entre los hogares que disponen de camas libres y buena voluntad.

Algunos salen corriendo en cuanto desaparecen del ángulo de visión de los oficiales de policía. Prefieren escapar y dormir en los parques a tener que convivir junto a esas personas desconocidas que los escrutan con tensión disimulada. A menudo hay altercados entre los que protestan por la suspensión de las actividades deportivas y los miembros de los comités de acogida que recolectan ropa y donaciones a la entrada de los gimnasios. El aire se llena de insultos y miradas torvas, a veces se estrellan piedras y botellas contra las paredes. Los días del dispositivo las madres evitan pasar con los carritos por las calles aledañas, en ocasiones hasta cortan el tráfico y llaman a los antidisturbios.

No es de extrañar que muchos decidan venir entonces y quedarse hasta que las cosas recuperen cierta normalidad. Son como sombras, piensan. Sombras densas y opacas sobre los hombros. Esos cuerpos que la imaginación arrastra torpemente hasta un terreno de aceptación pantanosa pesan lo indecible. Se les hace del todo insoportable caminar entre los desembarcados, verlos espigar desperdicios de frutas y verduras en el suelo húmedo de los mercados, oler el sudor del miedo aterido a la piel, escuchar lenguas de países que han dejado de importar. Temen que el exceso de compasión les haga más vulnerables. Terminar llevándoselos a su casa y viviendo percances desagradables como los que relatan otros. No desean adentrarse en sus vidas, saber dónde tenían su casa, en qué trabajaban y cuáles eran sus ambiciones antes de que llegaran los vientos. Antes de que la furia de potencias invisibles se derramara en remolinos aleatorios y terminara con todo. Nadie tiene la culpa de estar en un país con servicios de protección civil bien entrenados. La suerte es frágil. Ceder e interferir en los destinos de esos cuerpos que el mar escupe puede alterar el rumbo de sus destinos. No merece la pena.

(Fragmento )

París, 2017

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Sube la hora más baja. Una cruz de hierro se clava en el gris oscuro del cielo. Las sombras se revuelven en la tienda de souvenirs. Llega un olor a humedad de los sótanos del bienestar, ruidos de espejismos rotos; en el enlucido del pasillo del portal se forman grumos, las primeras desconchaduras. Algunos vecinos protestan. Los que se hacinan en el entresuelo pasan sigilosamente sin verlas. Nunca encienden la luz. Dejan la puerta negra del patio disimuladamente abierta para permitir entrar a los que no tienen llaves. No puede llamarse vivienda al habitáculo donde residen transitoriamente. Ignoramos cuándo llegan, cuántos son, si perdieron el pasaporte de camino, quién los alimenta. Hemos visto algunos a la cola de la sopa popular de los jueves en la Plaza de la República.

Desde los suburbios del pasado se acercan legiones de cazadores camuflados de contraseñas falsas. Llegan excitados por el miedo de los antílopes negros. Cruzan envalentonados los semáforos de la impaciencia impregnando de olor agrio las pantorrillas de la gente.

No digas que no los oyes susurrar tu nombre. Que no los puedes ver ocultos bajo la mansa lluvia, al acecho de los votos suficientes.

 

3 de diciembre, faubourg Saint Martin

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“La segunda pasión era el luto por la muerte de Shakti. También ésta, llaga reciente que atravesaba sus fibras de un extremo al otro, parecía pertenecerle desde siempre. Todo amante ama sobre todo a un ausente. La ausencia antecede a la presencia en el orden jerárquico. La presencia es solamente un caso particular de la ausencia. La presencia es solo una alucinación que dura un cierto tiempo y que no disminuye el dolor en absoluto. Shiva veía frente a si a algunos altaneros que no se preocupaban por el porvenir, ciertos indigentes del lejano Occidente que un día habrían creído ser los únicos que sufrían, sectarios de lo irreversible. Los contemplaba con simpatía y les hablaba, aunque sus palabras era un murmullo que ellos no podían oír: “Que el mundo sea una alucinación o la mente sea una alucinación, que todo retorne o que todo aparezca una sola vez: en cualquier caso el sufrimiento es el mismo. Porque el que sufre forma parte de la alucinación, cualquiera que sea su naturaleza. Entonces, ¿en qué reside la diferencia? En esto: si en el que sufre está o no está aquel que mira a aquel que sufre”.

Por ahora no quería decir más que esto”.

 

Notas 2018.

“Ka”, Roberto Calasso

 

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“There”, 2018. Fotografía tomada de la exposición de Tomás Sarraceno, ON AIR, Palais de Tokyo.
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Les bêtes du luxe (I)

Todos los años por estas fechas me acuerdo de la época en que trabajaba en Printemps, unos grandes almacenes del Boulevard Haussman contiguos a las famosas Galeries Lafayette, cerca de la Opera Garnier.

Mi puesto estaba en la planta baja, en la sección de bisutería, vendiendo joyas de plata de un diseñador mexicano afincado en Los Angeles. Los diseños eran bastante sobrios, algo toscos para el gusto parisino con tendencia al rococó; pero aún así se vendían bastante bien. No es de extrañar si tenemos en cuenta las miles de personas que desfilaban cada día por los pasillos, deslumbrados por la iluminación exagerada, aturdidos por la súbita calefacción y aquellas melodías comerciales navideñas con una entusiasta voz en off femenina dando cuenta de ofertas y novedades. Los turistas compraban por pura inercia, estaban allí para eso y lo hacían sin demorarse, con resolución y eficacia. Las parisinas en cambio mariposeaban de puesto en puesto y se probaban repetidas veces las joyas con esa peculiar mezcla de entusiasmo e indiferencia que las caracteriza, a la espera disimulada de algún comentario al otro lado de la vitrina.

– C’est JOLI!!, espetaba yo con vehemencia, con un acento tan Victoria Abril, tan ibérico, tan resuelto, que casi siempre se decidían a consumar la adquisición con el soberano gesto de entregarme la tarjeta de crédito alegremente.

Más que el cansancio por las horas de pie y la saturación sensorial que envolvía el frenesí consumista (me costaba horas sacarme del cerebro la sonatina de los jingles navideños), lo que realmente me crispaba los nervios era la suspensión colectiva del juicio. Me bastaba atravesar las puertas para sentir una descomunal fuerza capaz de absorber no sólo las energías de las dependientas matinalmente renovadas, sino la capacidad de discernimiento de todo aquel que transitara por aquella fastuosa catedral del comercio estilo Art Déco (clasificada como monumento nacional, para más señas).

Nada más entrar, a los visitantes se les vaciaba la mirada. Por virtud de una varita mágica quedaban automáticamente convertidos en “bêtes du luxe”.

Bête es una de mis palabras preferidas en francés. Quiere decir bestia, animal. Pero también imbécil, tonto en todas sus gradaciones ( tontito simplón pero inocente y simpático, estúpido a secas o imbécil rematado). Luxe significa lujo (no es difícil de adivinar).

Así que la expresión traducida sería: “Las bestias del lujo” (añadiendo el gradiente de imbecilidad que el lector quiera añadir al comportamiento en sí mismo y por sí mismo). Rimbaud fantaseaba con exterminarlos, una hecatombe con clasicismo, alevosía e iluminación.

A mí su contemplación me deprimía, en particular la de los turistas japoneses y los procedentes del Golfo Pérsico. Nunca olvidaré aquellas fantasmagóricas presencias vestidas de negro hasta los pies, cada una con un séquito de acompañantes cargados como mulas con las bolsas de las compras. Incluso a través del velo podía percibirse su excitación, el fervor con que acudían a la llamada de VUITTON, CHANEL, SAINT-LAURENT, etc. Iban literalmente a la carrera, sobre todo cuando se aproximaba la hora de cierre.

En comparación con ese burdo sometimiento cerril a las marcas del lujo, el deporte habitual de ir de boutiques (“faire les boutiques”) resulta casi un ejercicio de la imaginación creadora. La mente fantasea, compara, proyecta la imagen del cuerpo en situaciones y escenarios diferentes, asume el riesgo de elegir entre las miles de opciones propuestas por las legiones de diseñares y creadores de moda que se ganan la vida en París. La personalidad busca afirmarse, definir un estilo propio, singularizarse en el detalle revelador. Tal es la ocupación preferida en la agenda de cientos de miles de parisinos durante los fines de semana.

Puesto que la industria de lujo es uno de los motores económicos de este país y vivo en la ciudad más glamourosa del planeta no será la última vez que escriba sobre el tema.

 

fachada
Fachada de Printemps, boulevard Haussmann
coupole
Detalle de la Cúpula del restaurante
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Blueprints

Los que llegamos a las montañas
huíamos de los dogmas
el confort estupefaciente
la flojera el miedo el tedio
las insensateces

más que hartos estábamos
de aquella pelea entre la mano
derecha y la mano izquierda,

queríamos recuperar la
posesión de los dedos,
meterlos en las aguas
heladas del río
hasta que se volvieran piedras
antes que perderlos en la corriente.

La ruta no estaba geolocalizable,
sin embargo era preciso actualizar
la pantalla del inframundo
constantemente,
seguir con escrupulosa atención
las indicaciones de los muertos
sin entrar en detalles
existenciales
ni aceptar comisiones
de ultratumba,

no era ya cuestión de solicitar
el favor de los genios
menos aún de recurrir
a las autoridades
religiosas civiles
militares culturales

demasiado tarde,

en todas partes
veíamos señales de lo inevitable.

Sin pretenderlo
nos fuimos encontrando
unos y otros,
un malestar en la mirada
bastaba para reconocernos
y echar a caminar.

Como un solo ojo
avanzamos en la oscuridad
sin perder de vista el objetivo:
recuperar la salud esencial
caiga quien caiga en el camino.

Dos leones de hierro forjado
flanqueaban las puertas del alba

a partir de ahí, partimos
en direcciones separadas

[Pies descalzos,
huellas azules
sobre la tierra mojada].

Tres pistas nos fueron dadas:

1. aceptar perderse

2. encontrar el árbol

3. comerse la serpiente.

 

 

 

París, noviembre 2018

 

Anthropometrie San Titre-Ives Klein 1961
Anthropométrie sans titre, 1961. Yves Klein
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Lo impensable

Llegados a cierto punto comprendemos que la mayoría de los actos se nos escapan. Más que actuar, reaccionamos continuamente. Es indudable que pensamos por cuenta propia pero seguimos siempre los mismos esquemas, ciertas interconexiones neuronales estables que garantizan una visión de la realidad fija, tranquilizadora, confortable. Disponemos al menos de este último reducto de libertad inviolable.

El cuerpo está proyectado en un carrera que no le pertenece, sus movimientos siguen la tabla de gimnasia cotidiana al ritmo de esa fastidiosa musiquita cojonera de la supervivencia. La cosa se complica con esa otra voz en off que murmura que el juego de las casitas en realidad es el juego de la sillitas y la madre que nos parió se está cabreando.

En USA eligieron presidente a un jabalí. Cualquier día de estos nos volvemos animales.

La otra opción es sacar energía de lo impensable.

 

 

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“L’adoration du Veau”, de Francis Picabia. Merci

 

 

 

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Carrera

 

A los nueve años tenía las piernas largas y muy flacas. Corría como una gacela. Los entrenadores del colegio un día vinieron a buscarme a clase para proponerme que participara en las competiciones oficiales de la provincia.

Recuerdo que durante la primera vuelta a la pista el cuerpo me pesaba. Sentía una tensión máxima en los pulmones, como si la caja torácica se fuese a romper de un momento a otro. Sacudida por mis grandes zancadas, la visión se nublaba levemente. Mi padre y los espectadores de las gradas quedaban relegados a un fondo gris perla siempre amenazado por la lluvia. Yo miraba a un punto fijo en el horizonte y me concentraba en que las piernas se abrieran todo lo posible, como tratando de saltar gigantescos charcos llenos de peligros. Mi único deseo era volverme cada vez más ligera.

A partir de un momento impreciso y sin que mediara la voluntad, dejaba de concentrarme en el horizonte. Sentía con total certidumbre que el punto fijo se había desplazado a algún lugar dentro de mi corazón. La respiración se acompasaba a aquellas enormes zancadas entre charcos imaginarios o reales, segmentada en un vacío interior desprovisto de cualquier pensamiento o emoción. Toda mi concentración estaba en aquel punto. Solo tenía que aceptar la presión sanguínea, un vago terror a que mi cuerpo estallara y las piernas se soltasen del tronco y continuaran corriendo solas por aquella pista de tierra batida donde la lluvia había difuminado las líneas blancas.

Entonces, me rendía. Me entregaba por completo al movimiento. Era como si todo el campo de visión se hubiese estrechado al máximo y se hubiese colado por el ínfimo agujero contenido en ese punto fijo situado físicamente en el corazón. A partir de ahí la carrera no tenía lugar en la pista. No sentía la amortiguación de los tobillos. Simplemente volaba.

Aquella carrera era la que me interesaba. No tenía nada que ver con las otras niñas, ni con los entrenadores, ni con los padres.

Sucedía en un espacio de libertad infinita.

Así gané algunas carreras de atletismo, pocas. No quise continuar con los entrenamientos, abandoné rápido las competiciones. Odiaba los nervios previos al silbato de salida. Se me retorcían literalmente los intestinos al observar la pálida obcecación en el rostro de las demás niñas. Me entristecía verlas llegar detrás de mí, algunas con lágrimas de ofuscación, agotamiento, derrota.

Dejé las carreras y me puse a hacer teatro. O a tocar la flauta. Ya no lo recuerdo.